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Cadena de errores de la secta Solo Jesús o unitarios y sus ataques contra la Trinidad

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  • Cadena de errores de la secta Solo Jesús o unitarios y sus ataques contra la Trinidad

    Jesús dijo:
    "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí;"


    El error nunca muere». La falsedad de Sabelio y de Arrio del siglo IV se ha incubado en los llamados Pentecostales Unitarios o los de la Nueva Luz.

    No solamente niegan los modernos “sabelianos” la Santísima Trinidad, sino que predican el bautismo como necesario para la salvación y la necesidad absoluta de hablar “lenguas” como señal de que se ha recibido la “promesa”.

    La Trinidad en el Antiguo Testamento

    En muchas partes del Antiguo Testamento cuando Dios habla usa el número plural: “…Hagamos al hombre a nuestra imagen…” “…He aquí el hombre es como uno de nosotros…” “…Descendamos, y confundamos allí su lengua…” “…¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?...” (Gn. 1:26, 3:22, 11:7; Is. 6:8). ¿Qué dicen los unitarios de esta pluralidad en la unidad de Dios? Pues dicen que allí Dios está hablando a los ángeles. Notemos a lo menos tres errores que se desprenden de este “famoso argumento”:
    • Los ángeles son colocados en el mismo nivel de Dios. La Biblia en cambio dice que esa precisamente fue la soberbia del ángel que llegó a ser Satanás. Quiso ser igual a Dios, quiso colocarse en el mismo nivel de Dios.
    • Los ángeles aparecen como creando con Dios. Pero todo el capítulo primero de Génesis y todas las partes en que Dios aparece como creador, dice que “creó Dios”. En Génesis 1:27 leemos: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó...”. No dice: «Y crearon Dios y los ángeles».
    • Los ángeles aparecen como llamando y enviando con Dios. Pero las Sagradas Escrituras nos presentan en muchísimas partes a los ángeles como “espíritus administradores” de Dios a favor de los hombres.
    • Otra prueba a favor de la Trinidad se emplea en Isaías 6:3, en el Tersanctus: “…Santo, santo, santo…”, señalando el número de las santas personas en la Deidad como tres.

    La Trinidad en el Nuevo Testamento

    En el bautismo de Jesús según San Mateo 3:16, 17, se ve las tres Personas de una manera definida y clara: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Entonces, si Jesús es el Padre, ¿cómo se oye una voz del cielo dirigida a un ser que está en la tierra?: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Si el Padre es Jesús, ¿cómo es que se presenta como hijo? ¿Puede uno acaso ser padre de su mismo padre? ¿Por qué el Espíritu Santo fue visto como paloma?

    En Mateo 6:9 y Lucas 11:2, cuando Jesús está enseñando a orar a sus discípulos, dice: “Padre nuestro que estás en los cielos” ¿Enseñaba el Señor una falsedad? Si Jesús es el Padre, ¿por qué se dirige a un ser que no está en la tierra, sino en el cielo?

    En Mateo 12:31, 32 y Lucas 12:10, Jesús habla del pecado imperdonable: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” “A todo aquel que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado”. Si Jesús es el Padre y el Espíritu Santo a la vez, ¿cómo es que se puede pecar contra Uno (el Hijo) y se tiene perdón, y si se peca contra el Otro (el Espíritu Santo) no se tiene perdón? ¿Cómo resuelven este problema?

    En la oración de Jesús en Juan 17, vemos una distinción perfecta, sencilla y clara del Padre y el Hijo. Notemos los primeros versículos: “Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti” (Jn. 17:1). ¿Hacia quién levantó sus ojos? ¿A quién se dirigió? ¿Si Jesús es el Padre por qué dice: “glorifica a TU HIJO?” El versículo 3 no puede ser más claro: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. ¿Quién lo envió?

    En muchas partes de la Biblia, dice que Jesús está sentado “a la diestra de Dios” intercediendo por nosotros: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies” (Sal. 110:1). “Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios” (Mr. 16:19). “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. 8:34). “El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”(He. 1:3). “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 7:25). “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (He. 9:24).

    Si no hay otro, sino únicamente Jesús, ¿a la diestra de quién está? ¿o se sienta? ¿ante quién intercede? En Hechos 7:55, 56, Esteban, lleno del Espíritu Santo (Tercera Persona) ve a Jesús (Segunda Persona) sentado a la diestra de Dios (Primera Persona): “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios”. Esteban no podía mentir, tampoco fingía. En Lucas 23:46 cuando el Señor está muriendo dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…” Si Jesús es el Padre ¿por qué encomienda su ser a otra persona que él llama Padre? Siguiendo la lógica de los “unitarios” debía de encomendarse a sí mismo.

    La doctrina de la Trinidad es claramente una doctrina revelada y no una concebida por la razón humana. Si llegáramos a comprender ahora en las limitaciones de lo humano a la Deidad alcanzaríamos a ser como Dios. ¿De qué otra manera podríamos aprender de la naturaleza interna de la Divinidad excepto por la revelación? Aquí el santo se encorva y adora, el presuntuoso sigue y cae en el ridículo. Esta verdad revelada resulta de la experiencia cristiana. Por medio de ella Dios viene a ser siempre para los hombres un ser personal. Jesús, quien le revela en la vida encarnada, escribe esta verdad a través de las páginas de la historia. Dios es una persona. Es también paternal, Dios es nuestro Padre. En cuanto a Cristo, la enseñanza trinitaria relaciona su oficio de salvador con la misma naturaleza divina. Su encarnación viene a ser para nosotros la capacidad de Dios para sacrificarse. En cuanto al Espíritu Santo, la doctrina trinitaria lo define primero en relación con la Deidad y después con relación a la obra de Cristo en los creyentes y por ellos. Su esfera de acción es la conciencia de los hombres: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn. 16:8). Tratar de ser cristiano y de explicarse la economía de la redención negando esta gloriosa verdad, es caer en un abismo sin fondo y colocarse en un sitio donde la ira de Dios le alcanza seguramente.

    El bautismo en el “nombre de Jesús”

    Otro eslabón en la cadena de errores de los Pentecostales Unitarios, es el bautismo usando únicamente las palabras «en el nombre de Jesús». Esto lo hacen para ser consecuentes con su negación de la santa Trinidad, aunque después se vean envueltos en las más tremendas inconsecuencias, ya que no pueden evadir las implicaciones directas y claras de esta gloriosa verdad que se halla revelada en las Escrituras desde Génesis hasta Apocalipsis.

    ¿Por qué niegan los “unitarios” la Trinidad? Ni ellos mismos saben responder. Personalmente, a algunos de ellos les he hecho la pregunta. Dos clases de respuestas he recibido:
    • No saben, la niegan porque en sus templos oyen decir «que no hay tal cosa». Seguramente estos son los sinceramente equivocados. Tarde o temprano saldrán de allí.
    • Niegan la Trinidad porque no la entienden. ¡Vaya presunción! Como si el Ser infinito pudiera ser entendido por el ser finito, con la mente ofuscada, moralmente torcido y siempre inclinado al mal. Que, si ahora tiene comunión con Dios, es porque ha sido alcanzado por pura misericordia y gracia. Estos señores pretenden ser más grandes que Moisés y Pablo, quienes arrobados por la grandeza de Dios exclamaron: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios…”(Dt. 29:29a). ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?” (Ro. 11:33, 34). Y el Espíritu Santo por labios de San Juan nos da la razón final, porque el diablo, a través de los siglos se ha empeñado en hacer que los hombres combatan esta gloriosa verdad de las Tres Personas en la Divinidad. En 1 Juan 2:18-24 leemos: “Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros. Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre. Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre”. ¿Habrá distinciones más claras entre las Personas del Padre y del Hijo?

    La evidencia que estamos en el “último tiempo” son estas corrientes pseudocristianas que con apariencia de verdad vemos aparecer ahora. No son más que los esfuerzos de las tinieblas para que la iglesia de Cristo quite de delante de sí el único objetivo que debe primar en ella: La conquista de los perdidos, para que los ponga en novedades que no conducen, sino a la confusión y perdición.

    El Señor Jesucristo en Mateo 28:18, 19 antes de su ascensión dijo a sus discípulos: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Encontramos en el texto tres nombres propios de personas diferentes: Padre, Hijo, Espíritu Santo. El primero con el artículo compuesto “del” que le precede completa el significado de la expresión iniciada, presentándola así: “Bautizándolos en el nombre del Padre”. Los otros dos, precedidos de la conjunción “y” y el artículo “del”, cada uno hace el oficio de complemento independiente. Allí no dice «en los nombres» como los “unitarios” sostienen que debiera decir, porque en la fórmula bautismal el Señor quiso hacer las distinciones en la Deidad. Si el Señor no quiso hacer las distinciones anotadas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, ¿qué propósito tenía al enunciarlas? Con la frase “en el nombre” se entiende la autoridad de la Deidad por y con la cual los discípulos harían discípulos y bautizarían en todo el mundo. Y en todo el mundo y en todas las edades esa bendita fórmula ha sido usada por los verdaderos cristianos. Pero ahora estos señores “unitarios” han descubierto que la cristiandad ha estado equivocada por 20 siglos y que el Señor realmente no quiso decir lo que virtualmente dijo.

    Hay una máxima de ley que se tiene que aplicar aquí: «La expresión de una cosa es la exclusión de otra». Esto puede ilustrarse de mil maneras. Por ejemplo, Dios mandó a Noé a construir “un arca de madera de gofer”: “Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera” (Gn. 6:14). Virtualmente se le prohibía el uso de cualquier otra madera. Si Noé hubiera usado distinta clase de madera a la ordenada era una desobediencia abierta a Dios. La institución de la Pascua proporciona varias ilustraciones de esta máxima (Ex. 12). Había de sacrificarse un cordero, no una ternera; había de ser de un año, no de dos o tres; macho, no hembra; perfecto, no defectuoso; había de sacrificarse el 14 del mes, no ningún otro día; la sangre debía ponerse en los postes y en los dinteles de la puerta, no en ninguna otra parte. Cuando el Señor ordena: “Id, y haced discípulos… bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” y se cambia la fórmula por otras palabras, así sean santas, se está desconociendo la autoridad de Jesucristo. Si él mandó bautizar en el nombre de las Tres Personas se debe hacer así y no de ninguna otra manera, pues hacerlo es suplantar la Palabra de Dios y desobedecerle flagrantemente. Los “unitarios” se jactan en seguir al pie de la letra la Palabra de Dios, pero no hay tal. El lenguaje religioso no implica obediencia a Dios. Aquí se les aplica esta admonición del Señor: “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida...” (Ap. 22:19).

    Las palabras usadas por los “unitarios” son las que Pedro y Pablo en tres ocasiones mencionaron en el libro de los Hechos: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38). “Porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús” (Hch. 8:16). “Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días” (Hch. 10:48). En estos versículos dice que se bauticen “en el nombre de Jesucristo”. ¿Cómo concordamos estas palabras con la fórmula dada por el Señor en Mateo 28 y en Marcos 16? ¿Existe contradicción? No. Examinando los pasajes, mirando las circunstancias, estudiando el contexto y leyendo la historia de la Iglesia Apostólica y Sub-apostólica concluimos que los verdaderos cristianos a través de 20 siglos no se han apartado de la fórmula trinitaria que Jesucristo ordenó.

    El libro de los Hechos es la continuación de “las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar”. Entonces examinemos por qué Pedro ordenó bautizar “en el nombre de Jesucristo”:
    • Pedro predicaba a personas que creían en Dios.
    • Pedro predicaba a personas que, aunque vagamente, tenían idea de la existencia de un Espíritu Santo. De los muchos pasajes en que podemos considerar al Espíritu Santo en el Antiguo Testamento como distinto e independiente de Dios el Padre, hallamos los siguientes: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gn. 1:2). “Su espíritu adornó los cielos; su mano creó la serpiente tortuosa” (Job 26:13). “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca” (Sal. 33:6). “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu” (Sal. 51:11). “Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos. Pero se acordó de los días antiguos, de Moisés y de su pueblo, diciendo: ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿dónde el que puso en medio de él su santo espíritu” (Is. 63:10, 11). Esta doctrina iba a tener su floración perfecta en el Nuevo Testamento.
    • Pedro predicaba a personas que NO creían en Jesús y que antes, al contrario, lo habían escarnecido, despreciado y crucificado. Pero ahora, Pedro les dice que ese Jesús era nada menos que su Mesías y que toda relación con Dios tenía como fundamento el nombre de Jesucristo y que por lo tanto, en el nombre de Él debían recibir el bautismo. Era pues, para aquella multitud, la oportunidad que tenían de resarcirse de su mal contra su Mesías, y de recibir, como prueba de su arrepentimiento y fe, el bautismo teniendo como base la Persona que 50 días antes habían crucificado. Era la exaltación y elevación de la Persona que aborrecieron y que desde ahora sería la más amada. Cipriano (200 D.C.) dice: «Pedro menciona aquí el nombre de Jesucristo, no para omitir al Padre, sino para que el Hijo no falte de ser unido con el del Padre». En los discursos sucesivos que encontramos especialmente en los primeros capítulos de Hechos, los discípulos están tratando de hacer resaltar a la persona de Jesucristo, porque ella era la que había tomado cuerpo humano para poder ofrecer por los hombres el sacrificio perfecto. En cuanto a los tres mil se debe pensar que no fueron bautizados en el acto, lo que no había sido posible. La expresión “y se añadieron aquel día”, no implica necesariamente que su bautismo haya sido celebrado el mismo día. Una instrucción completa les fue dada más tarde según Hechos 2:42: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”.
    • Existían otros bautismos:

    * El bautismo por los muertos: “De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?” (1 Co. 15:29). Seguramente era una costumbre entre los fariseos que se extendió a muchas regiones, en que la persona se bautizaba en el nombre de una persona muerta, pensando así imitarle aquí y verle en la resurrección.

    * El bautismo de Juan: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11). “Después de esto, vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea, y estuvo allí con ellos, y bautizaba” (Jn. 3:22). “Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan”(Hch. 18:25). “Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan” (Hch. 19:3). Cuando Pedro dice que se bauticen “en el nombre de Jesucristo” era para hacer la diferencia de esos bautismos, para que los oyentes no creyeran que era seguir las costumbres existentes en cuanto al bautismo. ¿Quién puede probar que al bajar al agua, los discípulos no usaron la fórmula dada por el Señor en Mateo 28:19?
    • Las palabras de Pedro en Hechos 2:38 y en los demás versículos que hablan de bautizarse “en el nombre de Jesucristo”, NO constituyen ni representan una fórmula bautismal, sino que eran sencillamente una declaración que tales personas eran bautizadas y reconocían a Jesús como Señor y Cristo. Significan pues, literalmente, que los judíos habían de descansar su esperanza y confianza en Su autoridad mesiánica. Hay que notar que la fórmula trinitaria es descriptiva de una experiencia. Los que son bautizados en el nombre del Dios Trino están testificando de esta manera que han sido sumergidos en comunión espiritual con la Trinidad, de manera que a ellos se les puede decir: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Co. 13:14).

    En los demás pasajes encontramos a Felipe, Pedro y Pablo demostrando por medio de sus mensajes cómo las Tres Personas colaboraron en la redención de los hombres. Si en alguna parte se ve a la Trinidad en acción es en el libro de los Hechos, y en las epístolas no hay pasaje donde no se mencione, sino las Tres, a lo menos Dos. ¿Quién puede negar que a estos creyentes no les fue dada la debida instrucción sobre la fresca enseñanza del Señor acerca del bautismo y de la Trinidad?

    En relación a esto último el testimonio de la historia es concluyente. Ignacio (100 D.C.), quien debió conocer al apóstol Juan, dice: «No hay tres Padres, ni tres Hijos ni tres Consoladores, pues cuando el Señor mandó hacer discípulos en todas las naciones los mandó bautizar ‘en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’, no en tres nombres, ni en tres encarnaciones, sino en los tres que tienen el mismo honor». Justino Mártir (165 D.C.) dice en uno de sus libros: «Son traídos (los catecúmenos) a un lugar donde hay agua, y reciben de nosotros el bautismo de agua, en el nombre del Padre, Señor de todo el universo, y de nuestro salvador Jesucristo, y del Espíritu Santo». En uno de los libros más antiguos de la Iglesia primitiva, La Didache(Enseñanza de los doce apóstoles) dice: «Ahora concerniente al bautismo, bautizad de esta manera: Después de dar enseñanza primeramente sobre todas estas cosas, bautizad ‘en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’». Nos faltaría lugar para incluir en el propósito de este artículo, los testimonios de Tertulio (160 D.C.), Clemente de Alejandría (166 D.C.), Basilio (826 D.C.), Dídimo de Alejandría (380 D.C.) y la evidencia histórica de la Iglesia hasta la Reforma y de la Reforma hasta 1958.

    El bautismo de agua

    “Un abismo llama a otro” dice la Biblia. Un error engendra otro error. Si nos desviamos un poco de la verdadera doctrina, nos desviaremos mucho. Esto explica por qué podemos encontrar en los adventistas no únicamente el error del sábado, sino cinco o seis más; en los católicos, no uno, sino cientos; en los testigos de Jehová una cantidad de negaciones extravagantes. Los testigos de Jehová abrieron la puerta para sus muchos errores en hacer a un lado la bendita Trinidad. Los “unitarios” han quitado de sus creencias la santísima Trinidad y aquí están con sus muchos errores. La economía de la redención no se puede explicar sin la distinción de Personas en la Divinidad, y por eso las Tres se presentan desempeñando su parte en la gran obra. Yo conozco a Dios porque el Hijo lo reveló. Por él creo en el Dios que me ama, pero ese conocimiento no viene a mí, sino por la obra del Espíritu Santo, renovando el corazón, santificando el alma y preparándola para el cielo. Niegan los “unitarios” la Trinidad, he aquí pues otro error: EL BAUTISMO EN AGUA COMO NECESARIO PARA LA SALVACIÓN.

    Por supuesto que al enseñar que el bautismo salva, limpia o perdona pecados, el bello significado de esta ordenanza se pierde. Para los verdaderos cristianos, el bautismo expresa, por figura, la muerte al pecado del creyente y su resurrección a novedad de vida: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva (Ro. 6:3, 4). El bautismo es también un testimonio de que pertenecemos a Cristo: “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gá. 3:27). Somos de él, hemos sido “revestidos” de Cristo, del carácter de él. También es el bautismo un paso de obediencia: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38). “Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”(Hch. 8:36, 37). El bautismo en sí no tiene poder salvador. La gente se bautiza porque es salva, no para ser salva.

    No hay en la Biblia siquiera una idea que dé base para decir que el bautismo salva, limpia o perdona pecados. Veamos algunos hechos que nos enseñan la imposibilidad del bautismo para otorgar limpieza o salvación:
    • Jesucristo fue bautizado: “Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:13-17). Si el bautismo lava, limpia y quita los pecados, ¿de qué pecados Jesucristo fue limpio o perdonado? Hablando de Cristo la Biblia dice: “El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 P. 2:22). “…Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (He. 7:26). Siguiendo la lógica de los “unitarios” de que el bautismo es necesario para la salvación, Jesucristo fue un pecador. ¿No raya esto en blasfemia?
    • Si el bautismo salva, ¿por qué el ladrón en la cruz fue invitado por Cristo al cielo sin someterse a ese acto? Dicen que es una excepción por las circunstancias. Esto todavía es más error porque para la salvación las circunstancias no hacen concesión a nadie. Arrepentimiento y fe tuvo el ladrón y eso le bastó. Lo mismo que la Biblia exige para cada pecador en todo tiempo y lugar.
    • En Hechos 8:9-24, tenemos el caso de Simón el mago. Él fue bautizado, pero vemos que el agua no le hizo nada, no cambió su corazón, no lo sacó del lugar tenebroso en que se encontraba. Pedro hablando a Simón después de ser bautizado le dice: “Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás” (Hch. 8:20-23). Algo muy distinto pensaba Pedro del bautismo de lo que piensan los señores “unitarios”.
    • Pablo dice en 1 Corintios 1:14-17 “…que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo… También bauticé a la familia de Estéfanas… Y agrega: Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio…” ¿No tendría Pablo interés en que las personas se salvaran? Así hay que creer si seguimos las enseñanzas de los señores de la Nueva Luz. Es que para Pablo el bautismo tenía su lugar, nunca debía ocupar el lugar que le corresponde al arrepentimiento y la fe.
    • En las epístolas no se hace énfasis en el bautismo. El silencio habla en esta ocasión. Es raro, si el bautismo salva, que las cartas que rigen a la cristiandad, que regulan su conducta, se queden mudas en cuanto al bautismo.

    Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos se enseña que la fe es el medio que trae la salvación al creyente: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). “Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna... El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios... El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:15, 16, 18, 36). “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24). “Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones” (Hch. 15:9). “Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hch. 16:31). “Testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Ro. 1:16, 17). “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús… Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Ro. 3:24, 28). “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 5:1). “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8). “Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Ap. 1:5).

    La Biblia tiene que ser su propio intérprete. Eso de aislar versículos para hacerles decir lo que no fue la intención del Espíritu Santo que dijera, es sumamente peligroso. Así se conocen las corrientes falsas y ese método también lo usan los “modernos sabelianos”. El Señor mandó que antes de bautizar los conversos recibieran instrucción: “…id, y HACED DISCÍPULOS...” (Mt. 28:19). Las personas deben ir conscientes de la responsabilidad que van a asumir. Eso de ir bautizando a personas de buenas a primeras como hacen estos señores, es bautizar borrachos, fumadores, adúlteros, soberbios, que se ve después por sus frutos que siguen siendo los mismos. Así hicieron los frailes en la conquista y el resultado es un paganismo bautizado.

    El don de lenguas

    “…El don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38) debe distinguirse de los “…dones espirituales” (1 Co. 12; Ef. 5). El primero es la concesión del Espíritu Santo a los creyentes como es ministrado por el Cristo ascendido: “Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hch. 2:33); el segundo, describe las capacidades sobrenaturales impartidas por el Espíritu Santo para ministerios especiales con el propósito de edificar la Iglesia y la ganancia de los perdidos.

    La Palabra de Dios enseña que la persona en el momento de creer recibe al Espíritu Santo: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38). “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hch. 10:44). “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Co. 6:19). “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Ef. 1:13). “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef. 4:30). “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros” (2 Ti. 1:14).

    En Efesios 1:13 dice: “Y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”. Esta posesión lo demuestra el nuevo creyente por su entusiasmo, gozo y actividad, pero según va creciendo en gracia, conocimiento y se extiende su experiencia, necesitará tomar más de la plenitud del Espíritu Santo para guiarle, ayudarle y consolarle. El Espíritu Santo es una Persona y no una sustancia que podemos recibir por medida: “…pues Dios no da el Espíritu por medida” (Jn. 3:34b). O lo tenemos o no lo tenemos, no podemos tener una parte. “…El Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8:9). Ni siquiera es de Cristo el que no tiene al Espíritu Santo. Lo que sí toca al cristiano es apropiarse más y más del poder del Espíritu. El apóstol Pablo exhorta a los creyentes a que sean “llenos del Espíritu”, es decir, que no permitan entrar en sus vidas cosa alguna que estorbe, oprima o apague el poder del Espíritu Santo en sus vidas y actividades.

    La prueba de que uno está lleno del Espíritu Santo se halla en “el fruto del Espíritu” y no en tener los “dones espirituales”: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…” (Gá. 5:22, 23). El versículo 24 nos dice el camino para que el “fruto del Espíritu” se manifieste en nuestras vidas: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. “El fruto del Espíritu” es el resultado natural de la plenitud del Espíritu Santo. Los corintios fueron los cristianos más privilegiados con los dones, sin embargo, Pablo tiene que decirles: “Porque aún sois CARNALES; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (1 Co. 3:3). El mensaje de Pablo tiene una actualidad sorprendente en vista de que no hay grupo que más viva en disensiones y que se divida y se subdivida con frecuencia como los Pentecostales Unitarios.

    Los dones son distribuidos por el Espíritu Santo conforme a su voluntad: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Co. 12:11). “Testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad” (He. 2:4). Son dados para provecho de la iglesia y la ganancia de los conversos: “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho” (1 Co. 12:7). “No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto. Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo” (Ef. 5:7-13). El Nuevo Testamento habla de nueve dones, pero los “unitarios” hacen a un lado siete y se encarnizan en dos: el de lenguas y el de sanidad. Es interesante notar que son los dos dones que apelan a la carne, a las emociones, a los sentidos, al «yo», y al egoísmo espiritual. «Yo hablo lenguas», «nosotros sanamos» son expresiones que se oyen con frecuencia entre los señores “unitarios”.

    Según los pentecostales el que no habla lenguas es señal de que no ha recibido la “promesa”, no posee al Espíritu Santo. ¿Hay tal enseñanza en la Biblia? Claro que no:
    • La frase “bautizados con el Espíritu” sólo se encuentra en la Biblia en relación con los acontecimientos del día de Pentecostés y la conversión de los primeros gentiles, y no se menciona nunca como una experiencia individual: “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días”(Hch. 1:5).
    • Solamente en dos casos hallamos que el Espíritu Santo fue recibido por la imposición de las manos de los apóstoles: “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan... Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo” (Hch. 8:14, 17). “Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Efeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban. Eran por todos unos doce hombres” (Hch. 19:1-7). En cada caso fue un grupo de creyentes que pertenecían a una sección distinta de la raza humana que hasta esa fecha no habían entrado en la formación de la Iglesia. En un caso eran samaritanos y en el otro eran prosélitos judíos. El don del Espíritu fue demorado en estos casos, hasta que llegaran los apóstoles a poner sobre ellos sus manos, sin duda para identificarlos con la verdadera iglesia. Desaparecidos los apóstoles, desapareció también esa costumbre.
    • El don de lenguas no fue dado por lujo, para jactarse, para criticar que los que no hablaban lenguas no poseían el Espíritu y por ende no eran salvos, como lo hacen los “unitarios” en la actualidad. No, fue para ser usado cuando la ocasión lo requería y era una señal para beneficio de los incrédulos: “En la ley está escrito: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor. Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos; pero la profecía, no a los incrédulos, sino a los creyentes” (1 Co. 14:21, 22).
    • En 1 Corintios 12:28-30, Pablo hace algunas preguntas, son las que se llaman preguntas gramaticales, es decir, que en sí llevan la respuesta: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas? ¿interpretan todos?”. Pablo dice que es imposible que todos tengan los mismos dones, imposible que todos hablen lenguas.
    • Note que en la lista de los dones, el de lenguas ocupa el último lugar. Los “unitarios” lo hacen el primero. En relación a las lenguas dice el apóstol que hay un don más excelente: el amor: “Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aun más excelente” (1 Co. 12:31). Y el capítulo 13 de la misma carta dice: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”.
    • El capítulo 14 de 1 Corintios fue escrito por el apóstol Pablo para corregir los abusos que estaban presentándose en esa iglesia sobre el don de lenguas y para instruir sobre el uso de ellas. Si los pentecostales meditaran en este capítulo detenidamente y estuvieran dispuestos a obedecer, seguro que sus cultos extravagantes cambiarían. Ellos hacen todo lo contrario de lo que el apóstol ordenó. Debemos decir aquí que las “lenguas” habladas en los Hechos fueron entendidas por todos los presentes, el mensaje fue claramente recibido: “…les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hch. 2:11). Algo muy distinto a lo que se escucha en una reunión de los “unitarios”. El apóstol ordena:
      * El que habla lenguas tiene que tener su intérprete: “Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla... Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete” (1 Co. 14:13, 27).

    * Si no hay intérprete debe callar: “Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios” (v. 28).

    * Es preferible hablar CINCO palabras que todos entiendan y no DIEZ MIL en lengua desconocida: “Pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (vs. 19).

    * Que “si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres…” (v. 27).

    * Que sea “…por turno; y uno interprete” (v. 27).

    * Que se haga “…todo decentemente y con orden” (v. 40).

    ¿Lo hacen así los señores “unitarios? De todo puede haber en las reuniones de estos señores menos decencia y orden. ¿Qué hacen con el mandamiento? Cada culto de ellos es una cosa que da pena, que desdice de la seriedad del evangelio y que ha hecho a la gente exclamar lo que Pablo dice en 1 Corintios 14:23: “Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis LOCOS?”. El don de lenguas tal como lo concibe la Palabra de Dios no era una jerigonza o un galimatías, ni tampoco era incomprensible.

    Ellos justifican sus escándalos diciendo que cuando el Espíritu Santo viene a una persona, la persona pierde el control y entra en un estado de éxtasis. Yo no sé que entenderán por éxtasis estos señores, pero lo que se ve entre ellos está muy lejos de serlo. Cuando el Espíritu Santo viene a una persona antes de descontrolarla, la controla, le da dominio de sí misma, ordena su mente y dirige todo en su vida. ¿En qué basan sus revolcamientos? ¿sus movimientos desordenados? ¿sus alaridos? ¿sus fingidas revelaciones? Lo que hay que comprobar es, si en vez del Espíritu Santo, lo que visita a estos señores más bien sea Satanás. Veamos los factores que entran a preparar ese estado de ánimo: Los ayunos obligados que producen una debilidad física; la tensión nerviosa que va en aumento según uno y otro del grupo relata alguna experiencia de éxtasis o poder especial; la música y cantos “calientes”, que de sagrado tienen muy poco, por ejemplo, tienen un coro predilecto que habla de «¿La iglesia del Señor cuál será?» Ellos contestan: «La que habla lenguas, la que resucita los muertos (aunque todavía no han mostrado ninguno), sana los enfermos», etc. Quiere decir que los millones y millones de cristianos que se han arrepentido de sus pecados, sirven y aman al Señor de todo corazón; no son parte de la Iglesia. Si esto no es egoísmo, entonces no existe egoísmo. Esto es orgullo eclesiástico y de la peor clase. Sigamos con los factores: la repetición de frases, oraciones confusas, gritos, exclamaciones predilectas, los golpes contra el suelo, los brincos, el levantamiento de los brazos, etc., todo esto tiene que producir un trastorno cerebral; una especie de hipnotismo, que se presenta con risas involuntarias, temblores nerviosos, ruidos en la garganta que se dice ser el don de lenguas, etc. Parecen estar poseídos de demonios. El Espíritu Santo, el Dios de paz y orden, no hace esas demostraciones: “Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos” (1 Co. 14:33).

    Solamente quisiera traer para exhortar a los fieles las palabras del apóstol Juan en su segunda carta: “Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo. Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al PADRE y al HIJO. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras” (2 Jn. 1:7-11).

    Guardemos la fe bendita y la doctrina verdadera y digámosle a estos engañados y engañadores: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido”(Is. 8:20).

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